Todos sabéis que en temporada de competición me cuido más y me corto bastante con la comida, no tanto en cantidad (¿cómo se puede tener hambre a todas horas?) como en calidad, y básicamente lo que hago es olvidarme de las patatas fritas y los fritos y no abusar de los postres dulces ni de los bollos, así como controlar mucho las cenas, por mucha hambre que tenga al salir de la piscina. Es ahora hasta enero cuando me olvido un poco de tanta restricción y disfruto de las patatitas que me encantan, algún escalope de vez en cuando y no me quedo mirando como una tonta cómo en mi oficina se comen los dulces cuando hay alguna celebración mientras yo muerdo mi manzanita.
Pero creo yo que tampoco es algo tan grave como para coger 4 kilos en 2 meses, ¿no?. Es verdad que luego me estabilizo en este peso hasta que vuelven los entrenos con algo de calidad (para que todavía haya gente que diga que lo que adelgazan son los entrenos suaves, ¡ja!) y las patatas vuelven a quedarse en mi plato mirándome con ojitos lastimeros y empiezo a perder poco a poco, pero es que sigo sin entender cómo entrenando cada día, aunque sea suave, por algún capricho que otro, mi cuerpo se me rebele así.
Es cierto que comer fuera de casa es bastante problemático, pero por suerte casi siempre tengo una verdurita rehogada como primer plato para elegir (o legumbres 1-2 días por semana) y un pescado a la plancha o pollo de segundo (y algún día de carne roja, pero poco, y pulpo siempre que lo hay, que me pierde). También es verdad que la cantidad de aceite que usan tanto para una cosa y para la otra dista bastante del concepto “a la plancha”, pero bueno, tampoco pido nada con salsas ni cosas así. Y no os voy a engañar: en esta fecha no me resisto a alguna tarta, arroz con leche u otro postre caserito pero bien dulce cuando me apetece, que ya me pasaré a la fruta cuando toque…
Y eso es la comida. Los desayunos siempre son igual (bastante opíparos, todo sea dicho: 2 tostadas de las gordas con aceite y mermelada (que ahora, con la nueva panificadora, estoy haciendo yo misma), algún bollito y más de alguna galleta mojada en el café con leche), a media mañana mi frutita que no falte, la comida ya sabéis y la cena suele ser ensalada o verdurita o algo ligero (normalmente, que alguna pizza también cae alguna vez… mal mal, hidratos cenando mal asunto). ¿Y la merienda?, pues he ahí mi cruz. La merienda me supera, porque no encuentro nada que me vaya bien. Si como fruta, luego entrenando me dan unas hipoglucemias que alucino, igual que si como cereales, si como dulce mal porque va al pandero directo, si tomo leche la digiero fatal… lo que como últimamente es un sándwich de pan integral con pavo y un poco de queso o jamón serrano, un puñaíto de frutos secos, un plátano si hay y/o un yogurt y alguna galletita de propina. Y tampoco me va bien. Yo no sé si es que como con ansia (es que como a las 13h y a las 17:30, cuando llego a casa, tengo un hambre que me como los nudillos) o qué, pero la merienda me sienta fatal y, si además no dejo más de 2h de digestión antes del entreno (cosa que ocurre a menudo), lo más probable es que no pueda completar el entrenamiento (
Y eso que no hemos hablado de la hora de hacer la compra, que cada vez tardo más leyendo los ingredientes de todo porque hay que ver la cantidad de cosas que tienen grasas hidrogenadas (trans), cosas que ni te imaginas (ayer compré hojaldre congelado para hacer una empanada y también tiene!) y, los peores, los que encima estámn etiquetados como "light". A ver si al Gobierno se lo ocurre de una vez poner una etiquetita como en el tabaco (“la grasas trans pueden matar”) en esos productos y así me ahorro el leer todo, que además hay que estar atento a los que tratan de ocultarlo (uhmmmm, grasas vegetales, aceite de palma o de soja…. malo malo si no especifican). Menos mal que tengo la panificadora para fundirla a hacer panes y bizcochos caseritos con aceite de oliva y harina integral... ;-).
